La visión sociopolítica de Paul Elvere DELSART – Hacia una gobernanza planetaria participativa.pdf


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Capítulo 2 – El día en que un país se atrevió a experimentar

Imaginemos. Un país, en algún lugar entre los trópicos y las fallas geopolíticas, decide tomar el camino propuesto por
Paul Elvere DELSART. No a medias, no simbólicamente, sino con resolución. No se trata aquí de un simple ajuste de
políticas públicas, sino de un verdadero cambio de civilización. Los cimientos del Estado se sacuden para construir una
nueva sociedad. ¿Qué ocurriría entonces?
Los impactos serían vastos. Multidimensionales. Profundos.
El primer gran cambio sería en el vínculo entre el individuo y la colectividad. La participación ciudadana, durante mucho
tiempo relegada a las urnas o a las peticiones, se volvería cotidiana. En cada municipio nacerían proyectos
colaborativos, foros populares reinventarían la palabra pública. Las pequeñas municipalidades, a menudo marginadas,
pasarían a estar en el centro de la acción.
Surgiría una nueva identidad nacional, tejida con solidaridad en lugar de competencia. El ciudadano dejaría de ser
consumidor o contribuyente para convertirse en coautor del territorio.
Pero esta transformación no ocurriría sin fricciones. Las viejas estructuras ofrecerían resistencia. Élites políticas,
burocracias centrales, instituciones anquilosadas: todos podrían frenar, esquivar o incluso sabotear. Los propios
marcos jurídicos, concebidos para estabilizar un orden antiguo, tendrían que ser reinventados desde la raíz.
En el campo y en la ciudad, la naturaleza recuperaría sus derechos — no por abandono, sino por cuidado. Las
Calderas Vegetales, infraestructuras híbridas que combinan ecología, agricultura y estética, restaurarían los
ecosistemas dañados. La agricultura regenerativa sustituiría a la intensiva; las energías renovables, locales y
descentralizadas, reducirían la dependencia energética.
Los circuitos cortos redefinirían las cadenas de suministro, y el urbanismo se volvería verde, resiliente, respirable.
Pero también aquí nada sería fácil. Las tecnologías necesarias, aún en desarrollo a gran escala, presentarían desafíos
de adaptación. Y el país, orientado hacia una economía ecológica y lenta, podría chocar con la impaciencia de los
mercados globales.
La economía cambiaría de naturaleza. Adiós al crecimiento ilimitado, bienvenida a una economía circular y cooperativa
centrada en el bien común. El empleo se redefiniría: se contrataría en educación, medio ambiente e innovación social.
El turismo mismo se volvería sostenible, arraigado en los territorios.
Sin embargo, este nuevo paradigma inquietaría a los inversores tradicionales. Las agencias de calificación bajarían su
nota. El FMI, el BCE y otros grandes financiadores verían con malos ojos esta divergencia. La transición,
especialmente en su fase inicial, podría ser costosa. Haría falta coraje político, pero también nuevas alianzas.
En la escena internacional, este país podría convertirse en un faro moral y ecológico. Despertaría el interés de los
pueblos, inspiraría a otros líderes, crearía un efecto dominó. Tendría la mano tendida hacia aquellos que sueñan con
un orden mundial más justo.
Pero también se convertiría en objetivo. Un país que renuncia a los dogmas dominantes incomoda. Podrían llover
sanciones, romperse alianzas. No se descartarían operaciones más sutiles — de desestabilización, influencia o
descrédito. Necesitaría, más que nunca, una diplomacia inteligente, alianzas firmes y una gran resiliencia interna.
La reforma educativa sería quizás la más estructurante. Fin de los programas estandarizados, fin de las jerarquías
rígidas entre saberes teóricos y prácticos. La escuela se convertiría en un lugar de despertar, cooperación, creatividad
ética y ecológica. Se valorizarían los saberes locales, los relatos territoriales, las lenguas olvidadas.