La visión sociopolítica de Paul Elvere DELSART – Hacia una gobernanza planetaria participativa.pdf

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palpitante de un nuevo modelo social. En la visión impulsada por el programa EL4DEV, estos municipios se agruparían
en Agrupaciones de Interés Económico Sociales, cofinanciando y cogestionando infraestructuras con vocación
educativa, ecológica y turística. El centro de Francia, las tierras de Occitania, las mesetas del Macizo Central o los
viñedos de Borgoña recuperarían una dinámica territorial olvidada, liberada del sentimiento de abandono. Pero el
desafío sería considerable: el Estado jacobino, los múltiples niveles de gobernanza entrelazados (municipio,
intermunicipalidad, departamento, región) y los circuitos de decisión, a menudo opacos, constituyen una verdadera
fortaleza institucional.
La transición ecológica, otro pilar del programa, también encontraría en Francia un terreno propicio. Las Calderas
Vegetales, estos ecosistemas artificiales pero vivos, podrían instalarse en regiones fragilizadas por la erosión ecológica
o social —las Landas, los Pirineos, Lorena o el Aude. Estas estructuras, tanto agrícolas, hídricas como culturales,
contribuirían a restaurar la biodiversidad, a humedecer los suelos, a fomentar la policultura y a frenar la desertificación
rural. Lejos de ser un retorno al pasado, se trataría de una síntesis entre alta tecnología verde y espiritualidad de lo
vivo. Pero también aquí el camino estaría lleno de obstáculos: el enfrentamiento con los intereses del agro-negocio, el
peso del sindicato FNSEA y la dependencia de muchos territorios de la PAC y del monocultivo podrían frenar las
iniciativas.
El modelo EL4DEV también llama a una verdadera revolución cultural y educativa. Francia, rica en patrimonio
intelectual, sería el espacio ideal para ver nacer un "Segundo Renacimiento". Parques educativos altermundialistas
podrían surgir en territorios de alto valor simbólico —Dordoña, Bretaña, los Vosgos—, acogiendo a investigadores,
filósofos, artistas, ingenieros, trabajando juntos por una sociedad más justa, más consciente, más libre. La escuela
sería repensada en torno a la cooperación, la ecología, la filosofía aplicada. Francia, fuerte de su herencia ilustrada,
reencontraría así una vocación perdida: la de ser un faro intelectual al servicio de la emancipación. Sin embargo, el
sistema educativo, centralizado, sindicalizado y fuertemente jerarquizado, podría oponerse a la emergencia de un
modelo alternativo como este, especialmente a escala nacional.
En el plano económico, podría iniciarse una nueva dinámica en los territorios llamados "olvidados": aquellos que nunca
se muestran en los folletos turísticos, pero que encierran tesoros de saber hacer, paisajes y humanidad. El turismo del
mañana, en esta Francia transformada, ya no sería un simple ocio de consumo. Se volvería científico, educativo,
terapéutico. Surgirían empleos duraderos en sectores de alto valor humano y ecológico: bioconstrucción, permacultura,
innovación social, pedagogía viva. Estas actividades, arraigadas, no deslocalizables, permitirían a las nuevas
generaciones dejar de huir del campo para reinventarlo. Sin embargo, la presión inmobiliaria, la inercia económica y la
dominación del turismo de masas podrían obstaculizar esta transformación silenciosa.
Finalmente, como cuna del programa EL4DEV, Francia tendría una responsabilidad particular en el plano geopolítico.
Se convertiría en la figura de proa de la Unión Social Mediterránea, esta nueva alianza basada no en la competencia,
sino en la cooperación, la complementariedad y la autosuficiencia territorial. Propondría una diplomacia nueva, ya no
alineada con los paradigmas liberales o de seguridad, sino orientada hacia la construcción de un mundo resiliente y
justo. Sería una forma de devolver cuerpo a un poder blando francés en crisis, ya no basado en sus instituciones
centrales, sino en el despertar de sus territorios.
Si Francia eligiera comprometerse en este camino, no solo podría reconciliarse con sus territorios rurales, sino también
reencontrarse con su vocación humanista, superando los límites de un Estado tecnocrático y centralizado. Recuperaría
el aliento en una forma renovada, más ética, más espiritual, más conectada con lo vivo.
Pero un proyecto así implicaría una ruptura narrativa fuerte. Habría que renunciar a las lógicas neoliberales, al peso de
una tecnocracia jacobina paralizante, para abrir el camino a una sociedad distribuida, imaginativa, conectada a sus
raíces. Esto también requeriría una movilización ciudadana masiva: de los jóvenes, de los alcaldes rurales, de los
intelectuales independientes, de los artistas, de los agricultores. Porque este cambio no vendría desde arriba, sino
desde el corazón de los territorios.
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